¿A QUIÉN LE IMPORTA TU OPINIÓN?
En el día de ayer, el vespertino La Segunda dedicó parte de sus páginas a
recopilar opiniones de un grupo de personajes mayoritariamente ligados a la ex
Democracia Cristiana, junto a otros de sensibilidad socialdemócrata o
abiertamente de izquierda. Un panel variopinto, entre políticos reciclados e
intelectuales jubilados del poder, reunidos para opinar —otra vez— sobre el
destino del país.
Una de las participantes,
con una liviandad admirable, confiesa haber votado primero por Tohá y luego por
Matthei. Así, sin conflicto alguno, sin detenerse un segundo a pensar que ambas
representan proyectos políticos, éticos y programáticos radicalmente distintos.
La coherencia, al parecer, pasó de moda. Hoy basta con el gusto personal, como
quien elige vino por la etiqueta.
El resto del panel es una colección de ex demócrata cristianos que ocuparon
cargos relevantes durante la Concertación, periodo que terminó consolidando la
crisis moral que hoy padecemos. De ellos es la célebre “reingeniería judicial”
que derivó en la Reforma Procesal Penal y en un Ministerio Público que ha
destruido la credibilidad del Poder Judicial. Puertas giratorias que ya parecen
ventiladores industriales, hitos de corrupción inéditos, ministros judiciales
defenestrados, directores de la PDI, presos. Una crisis digna de Orwell. Y,
curiosamente, quienes hoy pontifican desde las páginas del diario son parte
medular de ese desastre político-judicial.
Lo verdaderamente llamativo es la actitud del medio que reproduce estas
opiniones. ¿Se habrá preguntado el editor a quién puede importarle lo que
piensa gente desaparecida de la escena política hace años? Es como servir una
tortilla de rescoldo convertida en ceniza y pretender que aún alimenta. Pero
ahí están, felices de ser consultados, diciéndole a los pocos lectores que les
quedan cuál debería ser su “responsabilidad cívica” en esta elección.
Para ellos, lo relevante no son los proyectos de país ni los modelos de
sociedad en disputa, sino sus preferencias personales, sus filias y fobias, su
nostalgia por el poder perdido. El país, en sus cálculos, vale cero. En su
imaginario, si no gobiernan ellos —o quienes se les parecen— entonces no puede
gobernar nadie. NADIE.
Cabe preguntarse, entonces, cuál es el aporte real de estas opiniones a la
discusión política nacional. NINGUNO
. Solo seguir alimentando el show business
en que se ha convertido la política, un mecanismo promovido por medios de
comunicación al servicio de auspiciadores, que han destruido el razonamiento
lógico en favor del espectáculo, la consigna fácil y el consumo. Así, los
intereses empresariales terminan subordinando los intereses nacionales a la
agenda del internacionalismo globalista.
Una exministra de la Concertación declara sin rubor: “Soy humanista cristiana y
una candidata de izquierda y un candidato de extrema derecha no me representan,
por lo tanto, anularé mi voto”. Curiosa forma de entender el humanismo
cristiano. Porque, si algo define esa tradición, es precisamente la búsqueda
del bien común, la dignidad humana, la justicia social no ideologizada, la
solidaridad y la ética cristiana aplicada a la vida pública.
Resulta extraño que, bajo ese prisma, se declare inaceptable a un hombre de fe
profunda, católico practicante, como José Antonio Kast, acusándolo de no
representar la ética cristiana. ¿Adoran acaso a un Dios distinto? ¿O el mismo
Dios, pero subordinado a los intereses partidistas del momento?
La pobreza argumentativa y
la ausencia total de razonamiento lógico en estas opiniones reflejan con
crudeza la crisis valórica y moral que atraviesa Chile. Y lo más grave: quienes
hoy se presentan como árbitros morales fueron, y siguen siendo, los principales
incendiarios del proceso que ha ido quemando el alma nacional.
Fanáticos de ideologías muertas, adalides de la destrucción de Chile, peones
dóciles de un poder que ya no entiende ni a la Nación ni a su pueblo.

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