LOS FALSOS INTELECTUALES
En días recientes escuché con atención las palabras de Francisco Cancino, director de Estudios de la Fundación Nuevamente, quien advirtió con lucidez lo que denominó “el primer intento de desestabilización del nuevo gobierno”. No se trataba de una crítica política legítima —que siempre es saludable en una democracia— sino de algo más sutil y corrosivo: la reacción automática de ciertos opinadores que, incapaces de aceptar la decisión soberana del pueblo, se arrogan el derecho de reinterpretarla moralmente desde una supuesta superioridad intelectual.Los hechos son claros. José Antonio Kast se impuso en las dieciséis regiones del país y en más del noventa por ciento de las comunas. No fue una victoria marginal ni sociológicamente excéntrica. Fue una decisión transversal del electorado, urbana y rural, rica y pobre, educada y popular. Y, sin embargo, para algunos, ese resultado no podía ser aceptado sin corrección. No porque fuera ilegal o fraudulento, sino porque no coincidía con su propio marco moral.
Aquí emerge con nitidez una figura que el pensamiento chileno conoce bien: el falso intelectual, ese personaje que el Padre Osvaldo Lira denunció tempranamente como uno de los grandes males de la cultura moderna. No es el ignorante simple, sino algo peor: el que aparenta saber, el que ocupa espacios de prestigio, el que habla en nombre de la razón y la cultura, pero carece de raíz metafísica, de rigor moral y de vida intelectual auténtica.
El Padre Lira fue claro: cuando la cultura se separa de la verdad, el intelectual deja de ser servidor del logos y se transforma en funcionario del clima ideológico dominante. Ya no busca la verdad, sino la aceptación; ya no piensa, sino que repite; ya no discierne, sino que reacciona. Ese es el intelectualoide: un producto típico de sociedades que han confundido ilustración con opinión y libertad de expresión con licencia para la superficialidad.
Este personaje no se oculta. Circula con comodidad por universidades, medios de comunicación y redes sociales. Se presenta como conciencia crítica del país, aunque rara vez ha hecho el trabajo silencioso, exigente y poco glamoroso que supone el pensamiento serio. Su autoridad no proviene del estudio profundo ni del diálogo con la tradición, sino de la visibilidad y la reiteración. Confunde tribuna con verdad, micrófono con razón.
El falso intelectual habla mucho de ética, pero no vive una vida intelectual. Y aquí conviene recordar a Josef Pieper, quien advirtió que el pensamiento auténtico solo es posible allí donde existe ocio en sentido profundo: no descanso pasivo ni entretenimiento, sino apertura contemplativa a la realidad. El ocio, decía Pieper, es la condición espiritual del pensamiento verdadero. El intelectualoide, en cambio, es incapaz de ocio: vive en la urgencia, en la reacción inmediata, en la necesidad de opinar sobre todo. No contempla; produce contenido.
Por eso su discurso es ruidoso, pero estéril. Acumula lecturas fragmentarias, conceptos mal digeridos y referencias fuera de contexto. Carece de disciplina epistemológica y de jerarquía conceptual. Mezcla indistintamente filosofía, política, psicología y sociología sin respeto por los límites ni por los métodos. El resultado no es síntesis, sino confusión. El Padre Lira llamaba a esto eclecticismo vulgar: la incapacidad de distinguir lo verdadero de lo verosímil, lo profundo de lo llamativo.
Este falso intelectual suele estar convencido de su propia excepcionalidad. Habla como si tuviera acceso privilegiado a la verdad histórica, como si su sensibilidad moral lo elevara por sobre el común de los ciudadanos. Desde esa altura imaginaria juzga al pueblo, corrige sus decisiones y lo acusa de ignorancia cuando no vota como él espera. No interpreta la realidad: la moraliza. No dialoga con la ciudadanía: la amonesta.
Aquí se revela una contradicción ética profunda. Quien dice defender la democracia, pero desprecia el juicio soberano cuando no coincide con su visión, no actúa como intelectual, sino como moralista autoritario. La encíclica Fides et Ratio advirtió con claridad que cuando la razón se separa de la verdad objetiva, degenera en relativismo o en ideología. El falso intelectual encarna ambas cosas: relativiza todo lo que no le conviene y absolutiza su propio marco interpretativo.
Además, este personaje es profundamente incongruente. Denuncia el sistema mientras vive de él; critica el poder mientras aspira a ocupar espacios de influencia; se declara disidente mientras repite fielmente los dogmas culturales del momento. El Padre Lira fue especialmente severo con esta figura: la consideraba una amenaza mayor que el enemigo declarado, porque disuelve la cultura desde dentro, erosionando los criterios que permiten distinguir verdad de error.
No es casual que estos falsos intelectuales proliferen en épocas de crisis cultural. Cuando una sociedad pierde el sentido de la verdad, cualquier discurso bien articulado puede pasar por pensamiento. Cuando se pierde la noción de bien, la indignación se confunde con virtud. Cuando se pierde la belleza, la pose reemplaza a la obra. El intelectualoide es el síntoma perfecto de una cultura que ha renunciado a la jerarquía del espíritu.
En este contexto, resulta particularmente grave que los medios de comunicación y ciertas instituciones académicas los presenten como referentes. Se los invita a opinar de todo, se les atribuye autoridad moral, se los transforma en intérpretes del “sentir ciudadano”. Pero su función real no es iluminar, sino homogeneizar el discurso, mantener un clima ideológico estable y deslegitimar toda disidencia que escape a los márgenes permitidos.
La Carta a los Filósofos recuerda que la tarea del pensamiento no es acomodarse al espíritu del tiempo, sino interrogarlo. El verdadero intelectual no se define por su alineación con una causa, sino por su fidelidad a la verdad, incluso cuando esa verdad resulta incómoda. Por eso incomoda. Por eso es minoritario. Por eso no necesita posar.
El falso intelectual, en cambio, necesita reconocimiento constante. Se alimenta de aplausos, de interacciones digitales, de presencia mediática. Su mayor temor no es el error, sino el olvido. Y por eso habla siempre, opina de todo, reacciona a cualquier acontecimiento. No sabe callar, porque nunca ha aprendido a pensar en silencio.
Conviene, entonces, ejercer un sano discernimiento. No todo el que habla desde una universidad es intelectual. No todo el que escribe en un medio piensa. No todo el que cita autores los comprende. Repetir acríticamente sus opiniones no es neutral: es colaborar con la degradación del debate público y con la destrucción lenta de la cultura.
El Padre Osvaldo Lira insistía en que la cultura verdadera se construye desde la fidelidad a la verdad y desde una ética arraigada en la realidad. Sin eso, lo que queda es simulacro. Chile necesita menos opinadores y más pensadores; menos pose y más silencio fecundo; menos indignación moral y más vida intelectual auténtica.
Porque cuando el pensamiento se separa de la verdad, deja de iluminar y comienza a confundir. Y una sociedad confundida es siempre terreno fértil para la decadencia.

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