NAVIDAD, CULTURA Y LA GUERRA CONTRA OCCIDENTE

 

Estamos terminando diciembre de 2025 y, mientras el calendario avanza, pocos parecen detenerse a pensar qué celebramos realmente cuando hablamos de Navidad. Para muchos es solo consumo, luces y una pausa administrativa. Para otros, una tradición incómoda que conviene vaciar de contenido. Pero la Navidad no es un símbolo neutro ni intercambiable: es el recuerdo de un acontecimiento que cambió para siempre la historia de Occidente.

El nacimiento de Jesús de Nazaret no fue un episodio folclórico ni una metáfora espiritual. Fue un quiebre radical. Un verdadero giro copernicano en la comprensión del hombre, su dignidad y su destino. Con la Encarnación, Dios entra en la historia humana y la somete a un juicio moral inédito: la grandeza ya no está en el poder, ni en la fuerza, ni en la riqueza, sino en la humildad, la responsabilidad y el amor al prójimo.

Ese hecho —nos guste o no— es el punto de partida de nuestra civilización. No como una abstracción teológica, sino como una fuerza cultural concreta. Desde allí nace la idea de persona, de dignidad inherente, de valor infinito de cada vida humana. Desde allí se construye la noción de bien común, de justicia, de límite al poder. Nada de eso existía antes en los términos en que hoy lo entendemos.

Nada de esto es posible sin fe. Pero no una fe decorativa, reducida a ritual o sentimiento privado. La fe cristiana es confianza activa, principio de acción, motor de transformación personal y social. Como recordaba Santo Tomás de Aquino, “la fe sin obras está muerta”. Y esas obras —para bien o para mal— dieron forma a la cultura occidental durante más de dos mil años.
Sin estas convicciones no existirían nuestras instituciones, nuestro derecho, nuestra concepción de libertad, ni siquiera nuestra idea moderna de igualdad. La Iglesia fundó universidades cuando el mundo aún vivía en la ignorancia sistemática. Preservó el conocimiento clásico en monasterios. Inspiró el arte que aún hoy define el canon de la belleza: catedrales, pintura, escultura, arquitectura. Y, a través de la escolástica, sentó las bases del pensamiento racional que luego daría origen a la ciencia moderna.
Pero, sobre todo, introdujo una idea revolucionaria: que cada ser humano posee una dignidad que no depende de su raza, su sexo, su riqueza ni su utilidad social. Esa idea sigue operando incluso en quienes niegan su origen cristiano.

Y es precisamente por eso que hoy asistimos a una ofensiva cultural sin precedentes contra esos pilares. Una ofensiva que se presenta bajo el nombre amable de “cultura woke”, pero que en la práctica actúa como una religión secularizada, dogmática y profundamente intolerante.

La cultura woke no busca corregir injusticias reales —que siempre han existido— sino reescribir moralmente toda la civilización occidental desde una lógica de culpa permanente. Divide a la sociedad en categorías morales fijas: opresores y oprimidos, culpables y víctimas. Ataca la tradición, ridiculiza la fe, erosiona la familia, cuestiona la biología, relativiza la verdad y reemplaza la razón por la emocionalidad moralizante.

No es una cultura de la justicia, sino de la cancelación. No busca igualdad, sino revancha simbólica. No promueve libertad, sino control del lenguaje, del pensamiento y, finalmente, de la conciencia. Bajo la excusa de combatir el racismo, el sexismo o la discriminación, termina imponiendo una nueva ortodoxia que no admite disenso. Quien no se arrodilla, es expulsado.
Esta ideología ha penetrado el mercado, la educación, los medios y la política. Se enseña a niños y jóvenes a odiar su propia herencia cultural, a sospechar de su identidad, a vivir avergonzados de lo que son. Occidente pasa de ser una civilización con defectos —como todas— a convertirse en el enemigo a destruir.
No es casual. Cuando se elimina la idea de verdad, todo se vuelve negociable. Cuando se desprecia la tradición, cualquier experimento ideológico se vuelve posible. Aristóteles lo advirtió hace siglos: “una comunidad que pierde el sentido de la virtud termina gobernada por el capricho”. Eso es exactamente lo que estamos viendo.

Aquí el rol del Estado y del nuevo gobierno es decisivo. Si la cultura occidental —de la que somos parte— sigue siendo erosionada por esta ideología importada, no habrá reformas económicas ni soluciones técnicas que salven a una sociedad que ha perdido su alma. El conflicto no es solo político: es cultural, moral y espiritual.
Defender Occidente no es negar sus errores. Es comprender que, sin sus fundamentos cristianos, lo que queda no es progreso, sino vacío. Y ese vacío siempre termina siendo ocupado por el poder más brutal.

La Navidad nos recuerda eso. No como nostalgia religiosa, sino como advertencia histórica. Porque cuando una civilización renuncia a sus principios, no se vuelve más libre: se vuelve manipulable.

¡Y eso, precisamente, es lo que hoy está en juego!


                ¡FELIZ NAVIDAD PARA TODOS!

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