CUANDO LA IGNORANCIA OSTENTA EL PODER : LA ESTUPIDEZ REINA

                                                                             


"Dígales que si en mala hora, se me antoja volver al gobierno, colgaré de un coco a los huevones y a las putas les sacaré la chucha ¡Hasta cuando estos, maricones!" (Párrafo de la carta del gran estadista Diego Portales a su amigo Antonio Garfias, de fecha 10 de diciembre de 1831)

Columna de Osvaldo Rivera

En el mes de mayo recién pasado leí una columna en un diario internacional donde el columnista, Pablo Vela, hace un análisis descarnado de esta nueva forma de gobernar: ignorancia asombrosa, lo que implica que muchas de las acciones sean consideradas estúpidas ya que carecen de una lógica razonada valiente, firme y coherente. Después de leerlo con atención, iré en esta columna tomando algunos elementos de este análisis y los trabajaré, bajo la mirada puesta en la realidad que nos afecta.

¡¡Para eso sirve leer!!

Sostiene, que la estupidez suele recibir un trato suave incluso  “tierno“. A la maldad se la condena, a la estupidez se le excusa. Se dice: “llevamos poco tiempo”, “estamos aprendiendo” o “no sabía”, “no pensó”, “se dejó llevar” a lo que yo agrego, lo que oí por ahí, “las autoridades somos seres humanos, por tanto, sujetos a errores”.

Indica el autor, que tanto en la vida pública como privada, la estupidez puede resultar más peligrosa que la maldad, precisamente, porque actúa sin conciencia de sus consecuencias y sin límites.

Basta mirar la realidad, el malo sabe que hace daño, los hay por cientos, pero pueden ocultarse, pueden calcular, negociar o detenerse cuando la presión aumenta porque, generalmente, además de malos, son cobardes, remata el columnista.

Hay variedades de distintos pelajes en el parlamento chileno, algunos de los cuales buscan un “tambor” que tocar para “reencontrarse políticamente“ sin importar el modelo de sociedad que perseguir y ajenos a la defensa de valores y principios que los hacen diferentes. Aquí la estupidez avanza, convencida de tener la razón. No reflexiona, no duda y rara vez escucha. Por eso es tan destructiva, no necesita intención para causar desastre: basta ignorancia mezclada con seguridad absoluta y la asonada está preparada. ¿No se han fijado en los desvaríos de la que salió quinta?

Uno de ellos se pasea por distintos escenarios tocando el tambor de su imaginación, buscando aparecer como redentor. Son famosas sus incursiones con la izquierda, presentándose como miembro de la derechita cobarde.

La historia está llena de ejemplos. Decisiones políticas tomadas sin comprensión; rumores compartidos, sin verificar; fanatismo sostenidos por personas incapaces de cuestionarse. No siempre hay odio detrás: muchas veces hay pereza mental, obediencia automática o incapacidad para pensar críticamente. Esto es suficiente para arruinar esperanzas, para arruinar vidas, para aumentar carencias, para romper la credibilidad y la confianza para, finalmente, destruir sociedades.

Hoy las redes sociales multiplican el problema. La maldad suele esconderse y la estupidez se exhibe orgullosa. Opinar, sin saber, se volvió una virtud para algunos, particularmente, los políticos. La velocidad reemplaza a la reflexión. Importa más reaccionar que entender, así la mentira se expande no solo por quienes la inventan sino por millones que la comparten sin pensar, solo apretando una tecla.

La selfi, tan de moda en los gobernantes, inmortaliza el momento de una reunión protocolar o incluso de una salida a terreno; pero puede ser fatal para destruir la imagen por no cuidar la corporalidad de los gestos ya que se olvida la dignidad del cargo que se ostenta.

Lo más inquietante, es que la estupidez puede volverse colectiva.

Cuando una sociedad deja de valorar el conocimiento, el debate y la autocrítica empieza a premiar la simplificación y el ruido. Entonces aparecen líderes incapaces, con discursos vacíos y decisiones absurdas que nos afectan a todos. Un presidente que pasa revista a las tropas que le rinden honores en el extranjero, tomado de la mano de su señora, habla no de un error, habla de no responder a la dignidad del cargo. Un ministro de seguridad, más preocupado del ruido, hace las veces de sheriff y no de la función específica que tiene. El ruido provocado por los niños perdidos desapareció. Se cubrió con un manto de 60 niños ubicados y nadie más habló del tema y faltan casi 15 mil. Autoridades que saben su oficio y trabajan de cara al pueblo, una orden comunicacional limita sus apariciones.  O, enquistados en unos de los poderes, arremete contra quien investiga.

También, se ha sabido que en la ANEPE se dejó instalada, en un cago directivo, a una reconocida izquierdista. Ahí, en el centro donde se estudia, supuestamente, las estrategias y planteamientos de la seguridad del estado, hoy imparten enseñanza quienes creen que la seguridad nacional es cosa baladí y, sin importar el sesgo político, contratan funcionarios que fueron adalides de un proceso refundacional.

Como si lo anterior fuera poco, en la galería, ubicada en el subterráneo de la Plaza de la Ciudadanía, bajo las barbas del Presidente, se realiza una actividad “cultural” bajo un gigantesco panel con los colores de la bandera de la diversidad. ¿No le parece caótico?; pero así está funcionando el sistema y, lo peor, donde los medios de comunicación imponen lo falso como verdadero.

En tanto, la oposición se saca los ojos dentro de un mismo partido y, dos senadoras, a grito pelado en pleno hemiciclo se lanzaron epítetos de grueso calibre y, no contento con ello, una de ellas escribe una carta que enterró a su adversaria de bancada sin piedad.

Hoy funciona así, la estupidez política.

La misa diaria, en el Palacio a las 7:30 am, se ha convertido en un evento al que todo funcionario de cualquier ministerio quiere asistir, ¿por devoción? No lo creo …pero previa inscripción en el
Ministerio del Interior. Listas que alguien tiene que revisar para saber cómo ha ido la catequesis, ¿o me equivoco?

Así las cosas,  mientras el malo suele actuar solo o en grupos reducidos, la estupidez necesita multitudes.

Reflexionemos un poco más. La ausencia de maldad suele confundirse, a renglón seguido, con la bondad; pero la verdadera virtud exige acción y elección consciente. La inactividad o la simple pasividad no construyen carácter; solo marcan la ausencia temporal de daño.

El principio de Hanlon establece: “Nunca atribuyas a la maldad lo que se explica adecuadamente por la estupidez”

Pensemos, por un momento, en lo ocurrido en el famoso “estallido delictual” Previo a ello se desconoció todo informe de inteligencia de lo que venía y la máxima autoridad entregó la información al Ministerio Público. Como resultado, la mayor de las estupideces, el gobernante tranzó, entregando la Constitución. Es cosa de ver lo que hoy sale a la luz en la Comisión Investigadora de la Cámara de Diputados y lo que han informado los directamente afectados en este intento de derrocamiento del régimen republicano.

La estupidez impide, al igual que ayer, entender el profundo significado de la seguridad interna del país y se confunde con orden público. Volvemos a lo mismo, ignorancia envuelta en arrogancia.

En el intertanto, los carabineros procesados por controlar el
Orden Público siguen procesados por violación a los DDHH y, la derechita cobarde se opone a un indulto general, sino caso a caso para saber si un carabinero, en la defensa de su vida y del orden constitucional, aforró un palo demás a algún delincuente.

Hoy seguimos con los eufemismos, al terrorismo desatado en la zona sur se le llama “macrozona sur”. Al robo, sin tregua, en las arcas fiscales, se le llama “corrupción”; al nepotismo, se le llama “confianza“; a los que dicen la verdad, se les llama “duros”. Se reflexiona, indicando “donde nos perdimos” mientras se asesina una profesora y suma y sigue. Pero impera la lógica perversa de los DDHH.

La simplificación no les permite leer con claridad y proyectar los informes de seguridad actuales y, como si fuera poco, se nombra director de contrainteligencia a un señor, con fuertes vínculos con uno de los hombres más cuestionados judicialmente. Esa estupidez llevará al gobierno al límite con la admisibilidad de la querella, interpuesta por un conocido abogado que se ha caracterizado por romper toda norma del buen juicio y que hoy, sin más, pone en riesgo la seguridad nacional, por la simpleza del gobierno, que no puso las barreras previas y se enredará, torpemente, en un problema que no se sabe hasta donde puede escalar.

Todo lo anterior no significa que la inteligencia garantice bondad. Hay personas brillantes, pero crueles. Pero la estupidez tiene una ventaja devastadora: no reconoce sus propios límites. El inteligente puede equivocarse; el estúpido suele sentirse infalible. Y, cuando alguien incapaz de pensar cree tener siempre la razón, cualquier desastre se vuelve posible. Hoy se hace un imperativo urgente combatir la estupidez y postergar la lucha contra la maldad. Educar para dudar, enseñar para verificar, fomentar la lectura y el pensamiento crítico no son privilegios académicos, son mecanismos de defensa social. Es la conclusión del autor en el que me baso. Pero ¿dónde está el ojo del Ministerio de Educación?

Una sociedad puede sobrevivir a algunos malos; pero, difícilmente, resista mucho tiempo a una mayoría que renuncia a pensar, que persigue falsos líderes a cambio de dinero, promesas o quién sabe que aparecerá en el futuro cercano como elemento de atracción para continuar con el mismo ciclo de estupidez. No será déjà vu. A lo mejor el populismo se lleve el premio o quién sabe si otro resultado ocurra por la simplificación y seamos, irremisiblemente, una nación considerada un “narco estado”; cooptada por el crimen organizado. Hoy, hay dos partes del poder del Estado, infiltradas. ¿Qué más falta?

La estupidez permite esto y mucho más y, sin embargo, se oye decir “No se preocupen, todo va a estar bien” repetido una y mil veces como un mantra consolador. O algún experto en comunicación diseñó la frase sacada de la canción de Evan Craffy y Remedí 2. ¡¡No estoy lejos, que sea cierto!!

No imaginé que un diario extranjero, bajo la pluma del señor Vela, daría la posibilidad de aplicarlo íntegramente a nuestra realidad. Pero aquí tienen el ejemplo, leyendo se ayuda a formar un juicio crítico y aplicarlo, aunque como siempre, las verdades sean ingratas y duelan.

P.D. Perdone el francés del gran estadista, Diego Portales; pero es el único lenguaje con el que se desenmascara a los cobardes.

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