MAGNIFICA STULTITIA: TRUCHO FERNÁNDEZ, CAMPILLAY Y LAVIN …

 

Columna de Osvaldo Rivera

Durante las últimas semanas la vida nacional ha sido impactada por noticias que han generado desde preocupación a asombro.

Los tres nombres del título de esta columna tienen eso en común, han creado inquietud, asombro, indignación y, también, risa.

¿Quién es el trucho Fernández? Es un cura argentino elevado a la condición de Cardenal, bajo el Papado del otro argentino que asumió bajo el nombre de Francisco y quien lo nombró a cargo del Dicasterio para la Doctrina de la Fe. 

El Cardenal Fernández es una figura de las más cercanas al fallecido Papa y ha sido blanco de críticas por parte de los sectores conservadores de las normas teológicas tradicionales como de las costumbres y ritos que le dan sustento y firmeza a 2.000 años de permanencía en la tierra. La visión teológica y progresista de este cura ha quedado de manifiesto en documentos pastorales firmados por él, como la declaración que permite bendecir a parejas del mismo sexo, entre otras disquisiciones contrarias a la tradición eclesiástica. Para que hablar de los libros con contenido pornográfico que escribió en su juventud y, recién ahora, se ha descubierto uno, del año 1998, titulado “Pasión Mística“, donde describe cómo podría ser un encuentro sexual con Jesús.

Verdaderamente una vocación desquiciada puesta al servicio de la protección de la Fe. 

Pero la mayor crítica se ha suscitado derivada de su influencia en la Encíclica Magnífica Humanitas. 

Sin duda que hay que aplaudir al Papa León XIV por evaluar los problemas del avance tecnológico desde el punto de la civilización y no en función de los criterios utilitarios y contables que suelen predominar. Sin embargo, a pesar del grado de exigencia al que aspira, hay que señalar cuatro aspectos esenciales cuyo análisis no está a la altura de lo que nos jugamos con la incorporación de estas tecnologías al desarrollo del mundo y a la naturaleza del SER. 

En primer lugar, y por desgracia, el capítulo dedicado a la que debería considerarse la madre de todas las batallas, la escuela, yerra el tiro. Se limita a presentar un sermón lleno de buenas intenciones y vaguedades, para acabar recurriendo al sempiterno discurso de la adaptación a los cambios tecnológicos. Dice así:

“Debemos proteger a nuestros jóvenes de la promesa de la máquina perfecta”. Una afirmación de la que el Papa debería haber extraído todas las consecuencias, para afirmar que cometimos un pecado original cuando aparecieron las IA generativas a finales de 2022: no habiendo exigido, en ese mismo momento, que se prohibiera, lisa y llanamente, que los alumnos de primaria y secundaria las utilizaran con el fin de elaborar textos; dado que el ejercicio de la escritura permite estructurar el pensamiento y construir, poco a poco, la propia persona como un ser singular y fuerte en su autonomía y juicio, dentro de una comunidad de iguales. De acuerdo con la profundidad del análisis teológico, recordemos que, ocho de los diez mandamientos llevan la impronta de la prohibición. Porque la prohibición es uno de los fundamentos de la moral, en la medida en que fija unos límites que no deben traspasarse, so pena de caer en peligrosos desequilibrios existenciales. Desgraciadamente, en este documento pontificio, esta parte fundamental de la enseñanza no ha quedado clara.

En segundo lugar, no hay ni una sola palabra sobre los miles de millones de personas que están renunciando a toda velocidad a tener su propia voz y confían en máquinas que producen algo que es un pseudolenguaje, porque carece de todo aliento vital y, en realidad, está necrosado: se basa en ecuaciones estadísticas y probabilísticas y, por consiguiente, no hace más que reproducir de forma mecánica cosas ya formuladas.

Una humanidad que se olvida de utilizar el lenguaje como es debido se ve condenada a convertirse en un conjunto de seres desprovistos de espíritu crítico, susceptibles de dejarse manipular por sofistas decididos a imponer sus puntos de vista o por sistemas que les dictan la verdad en todo momento. La posición de autoridad espiritual del Papa le debería haber empujado a advertir sobre la inminente omnipresencia de un lenguaje homogeneizado, cuyo objetivo es ahogar toda expresión libre y subjetiva y todo dinamismo social y político.

En tercer lugar, teniendo en cuenta el clima de desconfianza generalizada y las manipulaciones que permitirán las imágenes artificiales, no habría estado mal incitar a su prohibición total, en consonancia con los argumentos anteriores.

Por último, en relación con la importantísima cuestión de los puestos de trabajo, aunque ya hay conciencia del huracán que va a arrasar la mayoría de las profesiones que exigen altas capacidades cognitivas, el texto debería haber sido mucho más combativo; debería haber llamado a movilizarnos, sin tardar, contra el cinismo que considera que el ser humano no es más que una variable contable y a salvaguardar, sin concesiones, nuestras destrezas más valoradas. Por ejemplo, las relacionadas con los ámbitos de las artes y la cultura, garantes de la vitalidad creativa de la sociedad.

Más aún, en una época de automatización constante de todo lo humano, el Papa ha desperdiciado la oportunidad histórica de instar a una drástica redefinición del trabajo, para reflexionar sobre la puesta en práctica de una infinidad de modos de organización en común alternativos, basados en los principios de la Iglesia —de valor universal— de solidaridad, equidad, la plena expresión de nuestras facultades y el respeto a la biosfera; siguiendo, en cierto modo, la tradición católica del compañerismo de la antigüedad y de la Edad Media. Es indudable que una declaración de ese tipo habría impulsado un gran movimiento de alcance mundial.

Si existe esta discrepancia entre el nivel de exigencia que sugiere el título de la encíclica y un texto que, a la hora de la verdad, resulta tímido, es porque en todas partes ronda, de forma consciente o inconsciente, la idea generalizada de que hay que adaptarse sistemáticamente a los avances tecnológicos, hasta el punto de haber olvidado que nuestros principios fundamentales son intangibles.

En la arquitectura de todo lo anterior, sin duda, está la mano del Prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe que, desde una postura extrema de progresismo, daña los cimientos mismos de una de las estructuras más fuertes civilizatorias de Occidente.

La crítica a estos planteamiento compartidos y reproducidos aquí a la Encíclica, fueron formulados en una columna escrita por Eric Sadin, un filósofo francés, especialista en cómo la tecnología afecta a nuestra sociedad. Su último libro es: “El Desierto de Nosotros Mismos: el Giro Intelectual y Creativo de la Inteligencia Artificial” (Caja Negra, 2026).

En el lunfardo argentino la palabra TRUCHO significa falso o falsificado. Los críticos de Fernández juegan con la palabra TUCHO o TRUCHO, con lo cual se asesta un duro golpe a sus planteamientos teológicos y para significar que este impuesto Cardenal, no tiene la preparación necesaria para el cargo que ocupa en el Vaticano, lo que queda claramente visto, en la vaguedad con que el Papa abordó esta problemática.

Volvamos a nuestra colonia. La Campillay, una senadora electa por la Región Metropolitana producto de una situación mediática cuestionable; pero llevada al paroxismo por la izquierda y por la fuerte complicidad de los medios de comunicación, hace de las suyas. Sin preparación ninguna, carente de responsabilidad social con el entorno donde se desenvuelve, llegó al parlamento donde, por cierto, ha tenido un papel de mediocre a malo.

Su familia está vinculada con situaciones delincuenciales y, más aún, su hija y su yerno ofician de matones en el barrio donde viven y con antecedentes penales, producto de ello. Así y todo la “senadora” contrató a un delincuente, vinculado con los que cometieron un crimen que horrorizó al país, como su chofer, a través del Senado de la República. Aquí hay un claro ejemplo del tipo de enseñanza mal sana de lo que se le está entregando a los niños y jóvenes de Chile. En el lugar donde se supone se crean las leyes para fortalecer la convivencia social, para garantizar la seguridad y el progreso; ahí se anida el delito. El caso Campillay es la punta del iceberg, habría que ir al detalle de cuantos parlamentarios tienen cuenta con la justicia, por distintas causas. La Magnífica Humanitas de poco sirve, a pesar de sus debilidades, para mostrar una realidad compleja si los representantes del tejido social están podridos y nunca verán más allá de sus mezquinos intereses que los tienen comiendo del poder. ¡¡Es el manejo del poder por la “chuzmacracia”!!

Vamos al tercer nombre: Joaquín Lavin y su nuevo emprendimiento. Para nadie es un misterio que este fanático perdedor de elecciones que acuñó frases históricas, demostrando estupidez política, tales como “soy bacheletista-aliancista“ no ofrecen otra explicación que la usada para hacer de la política un negocio, acuñando frases comerciales y obtener los votos necesarios para continuar construyendo el business de la política. Fracasado en sus intentos y con situaciones de corrupción violentas en su familia, ahora genera un nuevo negocio que podría, en su imaginación, ser lucrativo.

Ofrece un servicio por $8.000 mensuales para que Ud., por medio del uso de la IA pueda hablar con uno de los 5 santos ofrecidos por WhatsApp y poder acceder, mediante esta tecnología, a la intercesión de ellos ante Dios. Aquí parece que Lavin, fiel devoto y fanático Opus Dei, no leyó ni escuchó las palabras del Papa León XIV: “hay que evaluar los problemas del avance tecnológico desde el punto de la civilización y no en función de los criterios utilitarios y contables”. Pareciera ser, entonces, que el señor Lavin en desmedro del misterio de la Fe, hoy ofrece comercializar el acercamiento a Dios y cobrar un peaje por la intercesión de los 5 santos que ofrece, tres de los cuales son del Opus Dei. ¿Alguien en su sano juicio renunciaría al misterio de la fe, una de las expresiones centrales del cristianismo que hace referencia a verdades espirituales profundas, que no pueden ser comprendidas por la razón humana y que requiere de la revelación divina para ser conocidas y creídas?

Estos ejemplos constituyen indicadores claros que vivimos en una sociedad enferma. Un cura, un político y un empresario haciendo gala de la influencia perversa en la comunidad donde se desenvuelven y, más encima dos de ellos, intentando otorgar virtudes a la IA y la otra, dando el mejor ejemplo de cómo funciona hoy la democracia. 

Perdonen lo largo del texto, pero es difícil describir tanta barbarie imperante en pocas líneas. ¿Se imagina si agrego los avatares del caso Stainer o las normas vulneradas por el Tribunal Constitucional; o la venganza, sin conciencia, que recae en los militares y carabineros perseguidos, o las promesas incumplidas de Kast …? Concluiríamos, sin duda, que estamos viviendo en “absurdilandia” y el relato:  una ¡Magnica Stultitia!

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