BAJO LAS TRES BANDERAS DE LA INDEPENDENCIA

 



Los triunfos no ocurren por generación espontánea. No son accidentes felices ni golpes de fortuna. Son, como bien sabían los antiguos, el resultado de una cadena de decisiones, voluntades y sacrificios que, con el tiempo, permiten que la idea de un hombre se materialice en la historia.

Corría el año 2016 cuando comenzó a vislumbrarse una forma distinta de hacer política, una respuesta —todavía difusa, pero necesaria— al vacío espiritual y cultural en que había caído Chile. En ese contexto apareció la figura de José Antonio Kast, reuniéndose en casas particulares, conversando con grupos pequeños, exponiendo inquietudes políticas y esbozando ideas de futuro en un país que había perdido el norte.

Fuimos pocos al comienzo. Muy pocos; pero suficientes para intuir que aquel camino, terroso y cuesta arriba, podía pavimentarse con convicción, trabajo y una cuota indispensable de fe. Así nació una mística que hoy muchos desconocen o prefieren olvidar.

Un contingente no menor recorrió comunas y pueblos buscando las firmas necesarias para inscribir la candidatura. Fuimos los mismos que revisamos documentos, armamos carpetas, las cargamos en camiones y viajamos sobre la carrocería cuidando el transporte hasta el Servel, cumpliendo personalmente con cada trámite. No había cámaras, ni asesores, ni encuestas. Solo voluntad. Allí se instaló la convicción de que el objetivo era posible.

Las conversaciones se multiplicaron. Nuestras casas se transformaron en verdaderas oficinas de planificación política. Se pensaba el futuro sin desprenderse del caótico presente. No era romanticismo: era necesidad histórica.

Así se construyeron las bases de lo que hoy muchos llaman triunfo. El más grande, dicen algunos, en términos electorales. Los héroes de aquella primera batalla quedaron relegados al olvido, desplazados por nuevos rostros que llegaron cuando el camino ya estaba despejado. La foto es la muestra más palpable cuando bajo las tres banderas de la Independencia Nacional más de 500 personas recibimos en una comida de apoyo al hoy presidente electo, en el año 2017.

La idea original de un partido fundacional —concebida por el grupo primigenio— fue desestimada. La política, conviene recordarlo, no es agradecida; es utilitaria.

Hoy, conversando con algunos de los gestores de esa historia inicial, los sentimientos son encontrados. Por una parte, sabemos que colocamos la piedra fundacional, que dimos el impulso inicial de forma casi épica. Por otra, pasamos al olvido más irrelevante del escenario político. Pero así ha sido siempre. Como advertía Aristóteles, “la virtud no busca aplausos, sino rectitud en el obrar”.

Lo que queda es la certeza de que, adelantados a nuestro tiempo, contribuimos a dar vida al partido político más grande de Chile y al presidente con la mayor votación de su historia. No es menor. No es todo mérito nuestro, por supuesto, pero sí una parte fundamental: haber hecho posible la victoria.

José Antonio Kast no es un gran estadista en el sentido clásico del término. No es uno de aquellos hombres excepcionales que deslumbran por su grandeza intelectual o su visión histórica. Nuestra esperanza, sin embargo, es otra: que, precisamente por no ser una figura descollante, sepa rodearse de buenos equipos y restituir un sentido de Ser a la Nación. Le deseamos lo mejor, porque su éxito —o su fracaso— no le pertenece solo a él.

A nosotros nos corresponde seguir pensando Chile. En eso perseveraremos. Porque la batalla recién comienza, y la guerra por defender nuestra identidad nacional no se reduce a resolver problemas contingentes. Hay que construir el andamiaje para que renazca el alma nacional, esa que ha sido erosionada por décadas de relativismo, utilitarismo, progresismo y abandono moral.

A todos quienes nos ayudaron en este periodo, a quienes apoyaron a Voz Nacional, nuestro agradecimiento sincero. Fue un trabajo incansable, marcado por la determinación y el esfuerzo. No necesitamos premios ni reconocimientos: se trata del deber ser y del correcto proceder. Como enseñaba Santo Tomás de Aquino, “el bien debe hacerse y buscarse, y el mal debe evitarse”. Nada más. Nada menos.

Nuestra entrega fue valiosa y decidida. Tiene testigos. Lo saben muchos, lo sabemos nosotros y algunas pocas buenas personas más. Con eso basta. Chile tiene un alma noble y engrandecerla ha sido siempre nuestro propósito.

Valió la pena, incluso en la crítica dura. Porque tenemos la convicción —inquebrantable— de que los principios y los valores no se transan: se defienden.

 

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