LA LIBERTAD Y SU DEFENSA


Durante las últimas dos semanas, y a raíz del contundente e histórico triunfo del representante de la llamada Sociedad Libre, hemos asistido a un fenómeno que no sorprende, pero que sí inquieta: el intento sistemático de deslegitimar una victoria obtenida de manera clara y democrática. Este esfuerzo ha sido encabezado, una vez más, por falsos intelectuales que, mediante reinterpretaciones forzadas de la voluntad soberana, pretenden erigirse en voceros morales de un pueblo que no votó como ellos esperaban.

A este ejercicio discursivo se ha sumado, con preocupante naturalidad, la reacción de sectores de la izquierda más radical, particularmente del Partido Comunista y de sus satélites ideológicos, que ya han anunciado manifestaciones callejeras, como la de hoy, que en cuatro años no ejercieron protesta alguna por su problema y que acentuarán a partir del 11 de marzo.

No se trata aquí del legítimo derecho a la protesta, sino de algo más grave: un intento explícito de desconocer el mandato popular, buscando sustituir la decisión democrática por la presión callejera. En los hechos, esto constituye un atentado contra la soberanía popular, que decidió libre e informadamente dar un giro al país tras el evidente descarrilamiento político e institucional al que lo condujeron el Frente Amplio y sus aliados.

La historia reciente ofrece lecciones que no debieran ser ignoradas. Los países que padecieron el dominio comunista desde 1945 en adelante aprendieron, muchas veces al costo de un sufrimiento humano inmenso, que dicha ideología no es simplemente una opción política más, sino una doctrina intrínsecamente contraria al orden social, a la libertad personal y a la naturaleza misma del Ser humano. Por esta razón, numerosas naciones de Europa Central y del Este —como la República Checa, Polonia, Hungría, Bulgaria, Rumania, Estonia, Letonia, Lituania, Eslovaquia, Ucrania, Georgia, Moldavia. En América latina, Paraguay y en África, Sudán entre otras— han adoptado medidas drásticas para impedir que el comunismo vuelva a capturar el poder, declarándolo fuera de la ley o excluyéndolo del marco institucional de sus repúblicas.

Algo similar ocurre en diversos países de Asia, como Corea del Sur, Taiwán, Malasia, Indochina, Singapur, donde la militancia comunista ha sido tipificada como delito. Estas decisiones no nacen del capricho ni del autoritarismo, como suelen repetir sus detractores, sino de una experiencia histórica concreta: saben lo que el comunismo significa cuando se convierte en poder, saben que no es solo una doctrina contraria al orden político liberal, sino una cosmovisión que tiende inevitablemente a la subversión del orden natural, a la supresión de la libertad y a la destrucción de las comunidades intermedias.

Las democracias, si quieren sobrevivir, deben aprender a defenderse. Resulta ingenuo —cuando no irresponsable— sostener, como hacen algunos políticos, que ser anticomunista es moralmente más reprochable que permitir la expansión de una ideología totalitaria. La defensa de la democracia no puede implicar su suicidio.

La libertad, en su sentido más profundo, no es un concepto vacío ni un mero eslogan político. Es una noción universal que expresa la aspiración humana a vivir sin opresión, a ejercer la razón y la voluntad conforme a la verdad. Por eso, en la tradición cristiana —y de modo particularmente claro en los grandes doctores de la Iglesia— la libertad ha sido siempre entendida como una facultad ordenada al bien.

Santo Tomás de Aquino enseña que la libertad no consiste en elegir arbitrariamente, sino en la capacidad de la razón y de la voluntad para optar entre bienes, siendo la elección del bien verdadero aquella que perfecciona al ser humano. La verdadera libertad se ejerce cuando el hombre elige lo bueno y lo virtuoso; elegir el mal no es un acto de libertad plena, sino una manifestación de su corrupción o imperfección. No se trata de una limitación externa, sino de una verdad antropológica: la libertad desligada de la verdad se convierte en esclavitud.

Desde esta perspectiva, resulta inquietante constatar el profundo deterioro cultural que vive Chile, donde una parte significativa de la ciudadanía parece haber perdido el sentido auténtico de la libertad, llegando incluso a apoyar proyectos políticos cuya doctrina tiene como finalidad histórica la supresión sistemática de la libertad individual.

La experiencia de la antigua Checoslovaquia es ilustrativa. La llamada Primavera de Praga fue aplastada por los tanques del Pacto de Varsovia, dejando en evidencia el verdadero rostro del comunismo cuando se siente amenazado. En ese contexto, figuras intelectuales de la talla de Roger Scruton desempeñaron un papel fundamental, combatiendo el totalitarismo no con violencia, sino con pensamiento, cultura y apoyo concreto a los disidentes del Este europeo. Scruton comprendió que el comunismo no solo destruye economías o sistemas políticos, sino que corroe las bases morales y culturales de la civilización, disolviendo las comunidades y anulando la responsabilidad personal.

Su compromiso no fue meramente teórico. Arriesgó su libertad, fue detenido en 1985 en Checoslovaquia por colaborar con redes de disidentes y dedicó buena parte de su vida a defender las tradiciones, las instituciones y el legado cultural de Occidente frente a los experimentos utópicos de ingeniería social totalizante. No es casual que hoy la República Checa haya decidido dejar fuera de la ley al comunismo: esa decisión es también un acto de memoria histórica y de defensa cultural.

El caso de Alexander Dubček, líder de la Primavera de Praga, resulta especialmente elocuente. Tras ser derrotado, humillado y apartado de la vida pública, fue degradado a labores menores, reducido al silencio y privado incluso de derechos humanos básicos, como despedir a su madre públicamente. Solo años después, a través de cartas sacadas clandestinamente del país, pudo volver a alzar su voz, convirtiéndose en símbolo de una resistencia moral que finalmente contribuyó al derrumbe del régimen.

Estos hechos no pertenecen a un pasado remoto ni irrelevante. Son advertencias vivas. La libertad no se hereda automáticamente ni se preserva por inercia. Debe ser defendida, con claridad moral, con memoria histórica y con valentía política. Desconocer esta verdad, relativizarla o caricaturizarla como paranoia ideológica es, en el mejor de los casos, ingenuidad; en el peor, complicidad.

Chile enfrenta hoy una encrucijada cultural y política. La defensa de la libertad no admite ambigüedades ni neutralidades cómodas. Allí donde una doctrina ha demostrado, una y otra vez, su vocación totalitaria y su desprecio por la dignidad humana, la prudencia no consiste en dialogar sin límites, sino en poner fronteras claras en defensa del orden, de la verdad y del bien común.

 





Comentarios

  1. Hola Osvaldo, estos delincuentes no dejarán gobernar al nuevo presidente! Triste por nuestro país.

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