PROGRESISMO SIN PUEBLO, GLOBALISMO SIN DEMOCRACIA
En una etapa tan importante
de nuestra historia se hace necesario hacer una reflexión un poco más profunda
de lo habitual y centrar la atención en fenómenos políticos que golpean
duramente el devenir de Occidente y del cual Chile no está exento.
En el debate público chileno
se ha vuelto habitual que conceptos como globalismo, progresismo y agenda
internacional se repitan sin claridad, muchas veces reducidos a
eslóganes vacíos o teorías de moda que intentan explicar un malestar real con
categorías confusas. Parte del problema es que la política nacional ha sido
colonizada por discursos importados que nadie se toma el tiempo de analizar
críticamente. Como advertía Hannah Arendt, “la incapacidad de pensar es
el primer paso hacia la irresponsabilidad política”. Y eso es, justamente,
lo que hoy abunda.
Conviene ordenar el mapa
conceptual. El progresismo es, por definición, un proyecto político que busca
reformas sociales amplias: igualdad, ampliación de derechos, reivindicaciones
identitarias, ecologismo, políticas de género y una visión del Estado como
garante de bienestar y redistribución. Es la prolongación secularizada de una
sensibilidad humanitarista que, para bien o para mal, lleva décadas
permeando organismos internacionales y universidades occidentales. En cambio,
el globalismo es otra cosa: no es ideología, sino estructura. Es la trama de
interdependencias económicas, financieras y culturales que ha convertido al
planeta en un sistema único, lo que Zygmunt Bauman llamaba “la
modernidad líquida” y lo que Byung-Chul Han describió
como “la uniformización planetaria del deseo y del consumo”.
El error —promovido tanto
por derechas ansiosas como por izquierdas moralistas— es creer que progresismo
y globalismo son lo mismo. No lo son. Pero el progresismo contemporáneo sí ha
encontrado en las redes globales un vehículo privilegiado para sus causas. Bajo
la retórica de los “derechos humanos” y la “dignidad universal”, ha insertado
una serie de demandas culturales que, en nombre de la sensibilidad, buscan
regular desde la lengua hasta la identidad. Roger Scruton lo advirtió
con brutal claridad: “la emoción moral, cuando sustituye al argumento,
se convierte en instrumento de poder”. Ese es el verdadero problema.
La derecha chilena suele
hablar de “globalismo” como un bloque monolítico dirigido por élites
financieras y fundaciones internacionales. Hay algo de verdad —pero no toda. Sí,
existe un entramado de instituciones con enorme capacidad de influencia: el
Foro de Davos, la Open Society Foundations de George Soros, distintas
agencias de financiamiento transnacional y una constelación de ONG que operan
más allá del control democrático de las naciones. Su agenda es clara:
gobernanza global, movilidad irrestricta, cosmopolitismo cultural y una visión
del individuo desligado de identidades fuertes. Isaiah Berlin lo
llamó “la ideología del yo emancipado”, un liberalismo sin
comunidad, sin tradición, sin límites.
Sin embargo, reducir todo a
un complot es intelectualmente pobre. Michel Foucault recordaba que “el
poder no está en un centro, sino en la red”. Y esa red es precisamente la
que permite que discursos progresistas circulen con tal velocidad y se impongan
como moral pública en países que jamás los debatieron seriamente.
En Chile, el progresismo ha
encontrado voceros entusiastas en figuras como Jackson
o Schalper —uno desde la izquierda y otro desde una derecha ansiosa
por mostrarse moderna. Lo paradójico es que ambos, con estilos distintos,
terminaron celebrando el mismo imaginario global: más regulación moral,
más tutela estatal, más alineamiento automático con organismos multilaterales.
Lo que antes se llamaba “centro político” hoy es simplemente obediencia a una
burocracia global que dicta la agenda desde Ginebra o Nueva York.
La Agenda 2030 es un ejemplo
paradigmático. Fue adoptada en 2015 por 193 países como un marco de metas lo
suficientemente amplias para que nadie pudiera estar en desacuerdo: erradicar
la pobreza, proteger el medio ambiente, mejorar la igualdad. Suena noble,
irresistible, casi perfecto. Pero como escribió Václav Havel, “la
retórica del bien universal siempre es la antesala del poder sin
responsabilidad”. El problema de la Agenda 2030 no son sus objetivos
—¿quién podría oponerse a la educación o al agua potable?— sino su
arquitectura política: una planificación global, no vinculante, sin mecanismos
democráticos de corrección y diseñada bajo supuestos tecnocráticos que ignoran
realidades nacionales.
En Chile, firmada durante el
gobierno de Piñera, la Agenda 2030 terminó convertida en un collage de slogans,
indicadores importados y metas imposibles de financiar. Su enfoque, más cercano
al neoliberalismo desarrollista que a una propuesta de soberanía nacional,
omite cuestiones clave como políticas demográficas, seguridad fronteriza o
fortalecimiento de la identidad cultural. Ese vacío alimenta la percepción —a
veces exagerada, pero no infundada— de que se trata de un embrión de “nuevo
orden global” donde organismos internacionales adquieren más poder que los
propios Parlamentos.
Las alarmas respecto de las
“ciudades de 15 minutos”, por ejemplo, no se explican por conspiraciones, sino
porque se percibe un patrón: planificación urbana sin deliberación ciudadana,
vigilancia tecnocrática, restricción de movilidad y un ideal de vida diseñado
desde arriba. Lo que incomoda —y con razón— es el impulso de ciertos organismos
por gobernar lo cotidiano sin consentimiento, bajo la premisa de que “el
planeta lo exige”. De allí la reacción legítima de quienes defienden la
subsidiariedad, la soberanía y las identidades nacionales. Como afirmaba
Alasdair MacIntyre, “cuando las comunidades pierden el control de sus
fines, la moralidad se convierte en administración”.
El debate chileno sigue
atrapado en caricaturas. La izquierda acusa paranoia; la derecha, conspiración.
Ninguno piensa. Ninguno distingue. Y esa es la raíz de nuestra crisis
intelectual: hemos perdido la capacidad de analizar el fenómeno global sin
reducirlo a gritos o dogmas. El globalismo existe como estructura; el
progresismo existe como ideología; lo peligroso es su alianza coyuntural en
organismos sin control democrático. Todo lo demás es ruido.
Mientras Chile siga
importando conceptos sin examinarlos, seguiremos discutiendo sombras. Y, como
recordaba Aristóteles en la Política, “cuando una
polis deja de deliberar, otros deliberan por ella”. Esa es hoy la
verdadera amenaza.
Finalmente, si José Antonio
Kast aspira a encabezar un ciclo político distinto, le convendría abandonar los
slogans fáciles y dotarse de una comprensión seria del fenómeno global. No
basta con denunciar “agendas internacionales”: se necesita pensamiento,
estrategia y una defensa inteligente de aquello que es propio de nuestra
historia, nuestra tradición y nuestra cultura. Es de esperar que los aires de
cambio que muchos anuncian no sean solo un impulso emocional, sino un giro
intelectual capaz de enfrentar estos desafíos con lucidez y coraje político.
Como recordaba Aristóteles,
“la prudencia es la virtud que permite al hombre deliberar rectamente sobre lo
que debe hacer”.
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Felicitaciones, excelente! Lastima que Kaiser perdió, a Kast le falta convencer. Saludos
ResponderEliminarBrillante síntesis muchas gracias por ordenar esta sopa de fideos en que nos encontramos
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