EL PODER DEL DINERO: INDIVIDUALISMO Y MATERIALISMO

 



El país hoy está sorprendido por las noticia de que instituciones bancarias han sido cooptadas por redes del crimen organizado. Yo diría el país común y corriente, ese que vive dignamente de su trabajo diario y que sus economías las lleva a su banco de confianza para aumentar sus ahorros, pues esas personas, la gran mayoría del país, está atónita.

No puede ser de otra manera; el crimen organizado está golpeando la puerta de cada chileno. Hoy en cada casa, en cada mesa, no se habla de otra cosa que de este terrible flagelo. Hacía mucho tiempo que no escuchaba en todos los ambientes hablar recurrentemente de la corrupción desatada. Ha sido un despertar violento de un sueño larvado que venía carcomiendo el alma nacional desde hace mucho tiempo.

Lo decía un destacado columnista días pasados :”los secuestros, los sicariatos, la violencia, el narcotráfico, la prostitución ya forman parte de la realidad nacional“…(sic). Pero toda está realidad estaba envuelta bajo el rótulo de la seguridad y, en general, todos los chilenos esperaban que las autoridades se preocuparan del asunto hasta hoy, en que nos dimos cuenta de que es responsabilidad de todos. Recién, cuando sus instituciones más cercanas, las de uso diario, como son los bancos, se supo que han sido corrompidas, se generó la mayor desconfianza y aumentó la preocupación, porque golpeó la puerta de sus intereses; pero ya venía golpeando hogares, escuelas, instituciones financieras, justicia, suma y sigue. Duramente el chileno entendió que combatir este flagelo es responsabilidad de todos.

Sin duda, que el problema es un asunto de Estado a través de sus políticas públicas bien estructuradas, de planes que no solo ataquen la emergencia si no de mecanismos profundos que penetren en el tejido social y ordenen la escala de valores de la sociedad y vuelva a reinar el esfuerzo para surgir, la confianza para invertir, el orden y la autoridad para creer y confiar. Hoy, más que nunca, se requiere un gobierno que ejerza con mano de hierro la autoridad para combatir el peor de los males de la sociedad: la corrupción y terminar, de una vez por todas, con la mirada de reojo para no intervenir en organismos que han dado clases magistrales de corrupción, como el Poder Judicial.

El mismo destacado columnista lo denunciaba de esta manera: “Las denuncias sobre tráfico de influencias, conflictos de intereses, prevaricaciones y conductas incompatibles con la imparcialidad, han provocado sin duda un deterioro de la confianza en la justicia y cuando los ciudadanos empiezan a dudar de ella, el Estado de Derecho tambalea”…(sic)

Vayamos a la historia del pensamiento. A ese conocimiento que ha sido desechado por inútil en post de un desarrollo rápido y productivo, solo pensando en el desarrollo material. Así se descuidó y destruyó la red de valores y principios que desde hace más de 2.500 años fueron advertidos por los grandes filósofos.

Para Aristóteles, la corrupción abarca tanto la degradación moral del individuo como el desvío de los sistemas de gobierno.
El análisis de este pensador griego se divide en dos enfoques principales, detallados en obras fundamentales como la “Ética a Nicómaco” y “Acerca de la Generación y la Corrupción”.

Explicaré, brevemente, ambos alcances para que mis lectores comprendan que este flagelo está en la naturaleza perversa del hombre y que hay que combatirlo con cultura y educación, además de la aplicación de la ley sin reservas. Aristóteles en su tratado de Política clasificó los regímenes políticos basados en quien gobiernan y con qué fin, argumentando que todo gobierno legítimo debe buscar el bien común. Cuando los gobiernos se desvían de este propósito y buscan su propio beneficio económico o político el sistema se corrompe, degenerando y escalando las injusticias. 

Así plantea los modelos hasta hoy conocidos:

-    Monarquía, gobierno de uno, buscando el bien común; por corrupción, termina en tiranía.

- Aristocracia, gobierno de los mejores buscando el bien común; degenera, por corrupción, en oligarquía.

-    República/Democracia: gobierno de muchos buscando el bien común; degenera, por corrupción, en demagogia.

Estos tres tipos de gobierno planteados por Aristóteles desde el punto de vista político finalmente degeneran en corrupción si no existen los contrapesos fuertes y necesarios. El último, el que vivimos hoy, está marcado por la partitocracia, en que cada partido no busca el bien común si no el interés partidista o personal. Lo vemos claramente hoy cuando se discute una ley para reordenar el país. Sin duda que este comportamiento es corrupto. Basta observar con detención la actitud del PS y los panfletos que han distribuidos denostando la mega reforma y, en particular, al presidente Kast. Contra el bien común, contra la Patria, contra el pueblo. Así es hoy la partitocracia demagógica, por lo tanto, corrupta.

Pero, también, desde el punto de vista moral, Aristóteles considera la corrupción como un vicio y una forma de injusticia, produciéndose un desbalance social, político y económico ya que este flagelo rompe el equilibrio social, actuando por egoísmo, codicia u odio.

En este contexto Aristóteles sostiene, basándose en un argumento Socrático, que nadie hace el mal conscientemente si no por ignorancia del bien o por dejarse llevar por pasiones descontroladas. Entonces, aparte de las políticas públicas en seguridad, hace falta reforzar hábitos y razón.

Las consecuencias sociales derivadas de la corrupción, Aristóteles lo plantea diciendo que los recursos no se distribuyen por mérito o necesidad, sino a favor de quienes ostentan el poder.

Aquí es donde la organización del Estado tiene que actuar con fuerza en su tarea fundamental. En el contexto social, la responsabilidad la tiene el ministerio de Educación, quien es el encargado de reorganizar los planes de estudio y velar por la integridad intelectual de los jóvenes del futuro para volver a formar a nuestro niños por el camino del buen saber, donde sean capaces de diferenciar el bien del mal y obrar en consecuencia. Este es un remedio largo y difícil de conseguir, son generaciones completas perdidas en la ignorancia, pero es el único camino que puede erradicar el flagelo.

Fortalecer con gente de calidad las Universidades en sus directorios para que velen por una formación integral y donde reine el orden, la autoridad y los debates civilizados; donde impere,  por sobre todo, la virtud del conocimiento. Reforzar el control en todas las universidades, tanto públicas como privadas, para que dejen de ser máquinas económicas, generadoras de profesionales incultos. Reorganizar los recursos y ponerlos al servicio de la formación académica así como de la extensión, como coadyuvante de las políticas públicas del Estado; como también, la investigación para generar desafíos futuros y blindar la formación de nuestros jóvenes.

No es misterio que en dicho ministerio se gastan los recursos pagando proyectos a instituciones privadas; algunas de las cuales han sido el vehículo del materialismo e individualismo, que nos ha llevado a esta desgracia e incluso desde donde han salido ideas descontroladas de libertad, como la del voto no obligatorio (voluntario), rompiendo con el compromiso responsable con que el individuo está indisolublemente ligado a su comunidad. Para que hablar del ministerio de las Culturas, un engendro con un presupuesto desorbitado que ha sido, a la fecha, la caja de resonancia del progresismo y la izquierda. Ese, no solo tiene que cambiar. Por inútil a la sociedad, debería desaparecer y fortalecer una sola entidad encargada de la formación integral de la sociedad a través de la educación y la cultura. El ejemplo más claro es la funa, organizada por los artistas, contra el ministro de la cartera.

Todas estas malas políticas nos han puesto en el blanco de la corrupción. Se rompieron las barreras políticas y morales. Hoy, hay que reconstruir el engranaje con gente capacitada para ello, no con sesgos modernistas ni progresistas y, a muchas autoridades hay que obligarlas a estudiar a Aristóteles. La razón y la lógica tienen que volver a imperar y erradicar, de una vez por todas, el liberalismo que tiene vínculos filosóficos de sangre, desde la Ilustración, con el marxismo. Ambos buscan la emancipación humana. Difieren en que uno preconiza el individualismo y el otro el estatismo colectivizante; pero ambos, con una visión materialista del Ser: hacen desaparecer la presencia de Dios.

Al cierre, reafirmando lo ya dicho, llegan a los medios y redes sociales las declaraciones del exministro Beyer: ”crear un registro de vándalos e incivilizados no corresponde a un sociedad democrática”. Parece que la izquierda y la democracia cristiana tuvieron razón cuando lo destituyeron como ministro de educación. El liberalismo vuelve a arremeter, defendiendo la libertad sin responsabilidad.

Comentarios

Entradas populares de este blog

UNA JUGADA MAESTRA

CARTA ABIERTA A SOLEDAD ONETTO

NUNCA COMO HOY LA VERDAD SE IMPONE: JARA UNA IMPOSTORA