CONSTRUYAMOS JUNTOS UN PAIS DE VERDAD
IGLESIA GRATITUD NACIONAL
Columna de Osvaldo Rivera
Chile no necesita otro gobierno que venga a administrarnos mejor. Para eso ya tenemos ministerios, subsecretarías, seremis, asesores, consultores, expertos, observatorios, mesas técnicas, comisiones interministeriales y una extraordinaria capacidad nacional para producir documentos que explican por qué aquello que todos vemos probablemente sea mucho más complejo de lo que parece. Chile necesita algo bastante más elemental: volver a ser un país. Volver a tener familias que puedan formar hogares, barrios donde los vecinos se conozcan, escuelas que enseñen algo más que habilidades para rendir pruebas, ciudades que no parezcan diseñadas exclusivamente para comprar, trabajar y dormir, y ciudadanos capaces de comprender que una nación no es una aplicación desde la cual exigir prestaciones.
Llevamos treinta o cuarenta
años celebrando que somos cada vez más modernos y todavía no hemos preguntado
qué diablos significaba exactamente modernizarnos. Tenemos más tecnología, más
consumo, más especialistas, más derechos, más servicios, más procedimientos y,
por alguna misteriosa razón que seguramente necesitará otra comisión
presidencial, menos hijos, menos familias estables, menos confianza, menos
barrio, menos participación comunitaria, menos respeto por la autoridad y menos
personas convencidas de que Chile será un lugar mejor para sus hijos. Una
modernización espectacular. Quizás debiéramos detenernos un momento antes de
completar la obra.
La política tiene
responsabilidad en esto porque lleva demasiado tiempo administrando
consecuencias sin tocar las causas. Cuando desaparece la familia creamos
programas. Cuando desaparece el barrio levantamos oficinas. Cuando aumenta la
delincuencia compramos vehículos policiales. Cuando los jóvenes pierden sentido
financiamos campañas de salud mental. Cuando cae la natalidad convocamos
expertos. Cuando los pueblos se vacían inventamos un fondo regional. Y cuando
todo eso fracasa, hacemos lo verdaderamente importante: cambiamos el nombre del
programa.
Un gobierno que quisiera
realmente recuperar Chile tendría que empezar por una decisión casi
revolucionaria en nuestros tiempos: dejar de tratar al chileno exclusivamente
como consumidor, contribuyente, usuario, beneficiario o votante. Antes que todo
eso hay personas que son hijos, padres, vecinos, trabajadores, compatriotas y
herederos de una historia común. Puede parecer una idea peligrosamente antigua,
pero hubo una época en que la civilización funcionaba bajo esa extravagante
premisa.
Empecemos por la familia. No
necesitamos otra semana de la familia, otro logo institucional ni un ministro
pronunciando un discurso sobre la importancia de la crianza mientras una pareja
joven descubre que necesitaría dos sueldos completos durante veinte años para
pagar un departamento de sesenta metros cuadrados. Si queremos familias,
hagamos posible tenerlas. Vivienda para jóvenes, incentivos reales para quienes
tienen hijos, flexibilidad laboral para padres y madres, protección de la
maternidad, apoyo efectivo a familias numerosas y barrios pensados para criar
personas en lugar de almacenar habitantes. Después podremos encargar el afiche.
Chile tiene que decidir si
quiere niños o PowerPoints sobre la crisis demográfica. Por ahora parece
haberse inclinado decididamente por lo segundo.
También tenemos que
recuperar los barrios. Hemos construido enormes sectores residenciales donde
miles de personas duermen juntas sin conocerse, salen en automóvil por la
mañana, regresan exhaustas por la tarde y llaman calidad de vida a tener cerca
un supermercado y una farmacia. Después nos escandaliza que nadie conozca al
vecino, que los niños vivan frente a una pantalla y que una banda de
narcotraficantes sea a veces la única organización capaz de ejercer autoridad
territorial.
Un gobierno serio debería
transformar la recuperación del barrio en política nacional. Plazas dignas,
deporte, clubes, juntas de vecinos con poder real, compañías de bomberos,
centros culturales, bibliotecas, parroquias, organizaciones juveniles, comercio
local y espacios donde las personas tengan alguna razón para encontrarse sin
necesidad de comprar algo. Tenemos que volver a llenar el espacio que existe
entre la puerta de la casa y el Estado. Porque una sociedad no puede componerse
exclusivamente de individuos encerrados en departamentos que se comunican con
Santiago mediante una aplicación.
Y sí, necesitamos autoridad.
Mucha. Durante años algunas almas particularmente sensibles imaginaron que
hablar de autoridad era casi una manifestación de fascismo. El resultado fue
bastante pedagógico: allí donde el Estado abandonó la autoridad apareció rápidamente
otra persona dispuesta a ejercerla, generalmente con una pistola, una esquina y
un negocio bastante menos respetuoso de los derechos humanos.
Hay que recuperar calles,
poblaciones, fronteras y espacios públicos. El narcotraficante no puede ser
autoridad, el delincuente no puede decidir a qué hora se cierra un barrio y
ningún territorio chileno puede tener reglas distintas porque el Estado considera
demasiado complicado entrar. Eso exige policías respaldadas políticamente,
inteligencia, persecución patrimonial, control fronterizo y cárceles capaces de
cumplir su función sin transformarse en universidades del crimen.
Pero aquí también debemos
evitar otra tontería muy propia de nuestra época: pensar que seguridad
significa simplemente llenar el país de cámaras, patrullas y controles. La
policía puede recuperar una plaza, pero no puede convertirla en comunidad.
Puede sacar al traficante, pero no puede reemplazar a la familia, al
entrenador, al profesor, al comerciante, al dirigente vecinal o al sacerdote.
Primero entra el Estado para expulsar al crimen; después tiene que entrar la
sociedad para que el crimen no encuentre nuevamente un vacío que ocupar. Parece
sentido común. Precisamente por eso resulta tan exótico en política pública.
También hay que recuperar el
trabajo como algo más que una cifra del INE. Chile necesita volver a respetar
al maestro, al técnico, al mecánico, al agricultor, al pescador, al carpintero,
al electricista, al pequeño comerciante y al trabajador que sabe hacer algo
concreto con sus manos y su inteligencia. Durante años convencimos a medio país
de que el único camino respetable consistía en obtener un título universitario
y sentarse frente a un computador. Luego descubrimos, con extraordinaria
sorpresa, que alguien todavía tenía que construir las casas, reparar las
máquinas, mantener las industrias, producir alimentos y hacer funcionar la
infraestructura.
Necesitamos una revolución
de la educación técnica, los oficios y el aprendizaje profesional. Y no como
alternativa de segunda categoría para quienes supuestamente “no alcanzaron” la
universidad, sino como una política estratégica nacional. Un país que pierde
sus oficios pierde algo más que trabajadores: pierde conocimiento acumulado,
autonomía y dignidad productiva.
Lo mismo vale para nuestra
economía. Durante años nos dijeron que no importaba demasiado qué producíamos,
porque siempre podríamos comprarlo más barato en otro lugar. Era una teoría
magnífica hasta que empezaron las pandemias, las guerras, las crisis logísticas
y las disputas geopolíticas. Entonces descubrimos que quizás producir
alimentos, medicamentos, tecnología, energía y determinadas capacidades
industriales dentro del propio país no era una extravagancia proteccionista,
sino algo parecido a tener una nación.
No propongo cerrar Chile ni
convertirlo en una autarquía delirante. Propongo algo mucho más peligroso: usar
el sentido común. Hay industrias estratégicas que un país debe preservar. Hay
regiones que no podemos abandonar. Hay agricultura que debemos proteger. Hay
capacidades tecnológicas que necesitamos desarrollar. Hay infraestructura que
no puede depender completamente de intereses extranjeros. El mercado es una
herramienta magnífica; el problema comienza cuando, por comodidad intelectual,
decidimos convertir una herramienta en filosofía de Estado.
La educación también
requiere una limpieza conceptual profunda. Nuestros niños tienen derecho a
conocer el país al que pertenecen. Historia de Chile, geografía, literatura
chilena, formación cívica, tradiciones, patrimonio, música, personajes,
conflictos, triunfos y tragedias. Todo. Sin convertir la sala de clases en un
desfile militar ni en un seminario permanente de autodenigración nacional, que
parecen ser las dos únicas posibilidades que nuestra imaginación ideológica
consigue concebir.
Un niño chileno debería
terminar la escuela sabiendo dónde vive, de dónde viene su país, qué ocurrió
antes de que él naciera y por qué ciertas cosas merecen ser conservadas. Porque
si nosotros no le contamos su historia, alguien más le venderá una identidad
prefabricada por TikTok antes de que llegue a primero medio.
Y tenemos que volver a
hablar de patriotismo sin pedir disculpas. No del patriotismo de septiembre,
empanada, bandera plástica china y fotografía de candidato a caballo. Hablo de
patriotismo como responsabilidad. Amar Chile significa asumir obligaciones con
Chile. Significa cuidar lo público, servir, pagar lo que corresponde, ayudar al
vecino, participar en organizaciones, respetar la ley, conocer nuestra historia
y comprender que los derechos vienen acompañados de deberes, esa palabra
misteriosamente desaparecida del vocabulario político nacional.
Yo establecería un verdadero
sistema de servicio nacional, amplio y flexible. Servicio militar para quien
corresponda, protección civil, bomberos, cuidado ambiental, apoyo social,
reconstrucción, patrimonio, emergencias y trabajo comunitario. Un período en
que jóvenes de Las Condes, La Pintana, Temuco, Arica, Chiloé y Punta Arenas
tengan que hacer algo juntos por Chile. Algo real. No un taller de liderazgo
con coffee break.
Porque tenemos otro problema
que nadie quiere decir demasiado fuerte: las clases sociales chilenas casi no
se encuentran. Viven en barrios diferentes, estudian en colegios diferentes, se
atienden en sistemas diferentes, veranean en lugares diferentes y cada vez
tienen menos experiencias comunes. Después hacemos discursos emocionados sobre
cohesión social. Tal vez podríamos empezar haciendo que los chilenos vuelvan a
conocerse.
También recuperaría nuestras
ciudades. Chile se ha vuelto increíblemente tolerante con la fealdad.
Destruimos edificios hermosos para levantar cajas de vidrio, llenamos calles de
cables y letreros, abandonamos monumentos, permitimos que centros históricos se
degraden y luego instalamos un macetero de plástico para hablar de recuperación
urbana. Después vienen los especialistas a explicar que la estética es
subjetiva.
No, no todo da lo mismo.
Una ciudad cuidada le dice a
sus habitantes que el lugar donde viven importa. Una plaza bella, una estación
ferroviaria restaurada, una fachada conservada, un parque limpio o un edificio
público digno enseñan pertenencia sin necesidad de una campaña comunicacional.
También se gobierna construyendo belleza. También se destruye comunidad
construyendo fealdad.
Y para hacer todo esto
necesitamos cambiar la máquina estatal. Chile tiene un Estado enorme para
algunas cosas y sorprendentemente inexistente para otras. Puede exigir seis
formularios para instalar un negocio, pero no impedir que una banda controle
una población. Puede fiscalizar el tamaño de un letrero comercial, pero pasar
años sin recuperar un inmueble tomado. Puede crear una subsecretaría en meses,
pero tardar una década en construir infraestructura crítica. Es un Estado que
ha alcanzado una sofisticación admirable para administrar pequeñas cosas
mientras demuestra periódicamente una impotencia conmovedora frente a las
grandes.
Hay que descentralizar
poder, eliminar burocracia inútil, fortalecer municipios, evaluar programas por
resultados, cerrar organismos que no sirven y devolver autonomía a
organizaciones sociales. No necesitamos un Estado más grande ni necesariamente
uno más pequeño. Necesitamos uno que sepa cuándo debe mandar y cuándo debe
apartarse.
Fuerte frente al
delincuente. Limitado frente a la familia. Firme en la frontera. Facilitador
con el pequeño emprendedor. Exigente con la educación. Protector del
patrimonio. Implacable con la corrupción. Humilde frente a aquellas comunidades
que pueden resolver sus propios asuntos mejor que un funcionario sentado a
quinientos kilómetros de distancia.
Ese sería el comienzo de un
gobierno comunitario.
No promete fabricar una
sociedad nueva, porque ya hemos tenido suficientes políticos enamorados de esa
idea. Tampoco propone regresar a un Chile imaginario donde todo supuestamente
funcionaba mejor. Propone algo mucho más concreto: conservar lo bueno que
todavía existe, recuperar aquello que destruimos irresponsablemente y
reconstruir las instituciones que permiten que millones de desconocidos se
reconozcan como compatriotas.
Necesitamos volver a tener
hijos, familias, barrios, escuelas, autoridad, trabajo, belleza, memoria y
deberes comunes. Necesitamos ciudadanos y no solamente consumidores.
Necesitamos comunidades y no solamente beneficiarios. Necesitamos municipios
que gobiernen territorios y no sucursales administrativas ni menos plataformas
para aspirantes políticos, actuando como agencias de los partidos políticos.
Necesitamos un Estado que proteja la nación en vez de intentar reemplazarla.
Y sobre todo tenemos que
dejar de comportarnos como si Chile fuese simplemente una plataforma económica
instalada entre la cordillera y el Pacífico.
Un país no es su PIB. No es
su clasificación de riesgo. No es el número de tratados comerciales que ha
firmado ni la cantidad de ministerios que puede financiar. Tampoco es una
bandera gigantesca colocada frente a La Moneda, mientras todo aquello que la
bandera representa se debilita silenciosamente detrás de ella.
Un país existe mientras sus
habitantes creen que existe un “nosotros” suficientemente importante como para
cuidarlo, defenderlo y transmitirlo.
Si queremos recuperar Chile,
por ahí debemos comenzar.
Y si eso parece demasiado
ambicioso para nuestra política, quizás el problema no sea la propuesta.
Quizás llevamos demasiado
tiempo eligiendo administradores cuando lo que necesitamos son gobernantes.
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