A CHILE LE FALTA UN MANUAL
Columna de Osvaldo Rivera
Hay semanas en que la política chilena parece seguir un plan. Hay otras en que parece redactada por una mesa de guionistas que compiten por ver quién introduce la escena más absurda antes del cierre de edición. Esta última pertenece, con holgura, a la segunda categoría.
Mientras el país todavía intenta
acostumbrarse a una delincuencia que ya perdió hasta el pudor, nuevamente un
carabinero fue asesinado en acto de servicio. El cabo segundo Cristopher
Aguilera, de apenas treinta años y padre de un niño de nueve meses, murió
durante una fiscalización en Lo Espejo. El autor de los disparos, ciudadano
venezolano, tenía antecedentes previos y había pasado anteriormente por el
sistema penal. El problema, por tanto, ya no admite demasiados eufemismos
administrativos: alguien que había tenido encuentros anteriores con la justicia
estaba nuevamente en la calle y armado. El resto son seminarios, mesas técnicas
y PowerPoint.
Chile ha perfeccionado una curiosa
especialidad burocrática: ser implacable después del crimen. Antes cuesta un
poco más.
Declaraciones solemnes, duelo nacional,
reuniones extraordinarias, proyectos urgentes, ministros muy serios frente a
micrófonos y la habitual promesa de que “esta vez” algo cambiará. El
delincuente, entretanto, suele haber recorrido previamente una respetable
cantidad de estaciones del aparato estatal sin que ninguna haya conseguido la
hazaña revolucionaria de impedir que vuelva a delinquir.
En paralelo apareció otra escena digna
de nuestra administración pública: la decisión judicial de trasladar a Punta
Arenas a un imputado de alta peligrosidad vinculado a investigaciones por
sicariato. Aquí corresponde hacer justicia al ministro de Seguridad, Martín
Arrau: no fue él quien ordenó semejante traslado; por el contrario, cuestionó
públicamente la resolución, precisamente porque el recinto penitenciario de
Punta Arenas no posee las características de una cárcel de máxima seguridad.
Y uno agradece la aclaración, aunque la
situación no deja de ser extraordinaria.
Porque mandar criminalidad de alta
peligrosidad a Punta Arenas tiene, además, una involuntaria creatividad
histórica. La ciudad nació en el siglo XIX estrechamente vinculada a la
condición de colonia penal. En 1851 sufrió el sangriento motín encabezado por
Miguel José Cambiaso, episodio que terminó, entre otras atrocidades, con la
muerte del gobernador Benjamín Muñoz Gamero. En 1853 el Estado decidió terminar
con aquella condición y transformar Magallanes en territorio de colonización.
Costó décadas transformar aquel confín penitenciario en una ciudad propiamente
tal.
Ciento setenta años después, algún
iluminado del sistema parece haber pensado que siempre es saludable
reencontrarse con las tradiciones.
Falta solamente inaugurar el servicio
con una placa que diga: “Punta Arenas, recuperando nuestras raíces desde 1851”.
En justicia, la discusión revela algo
bastante más serio. Cuando Gendarmería advierte que determinado establecimiento
no reúne las condiciones adecuadas para recibir internos de cierto nivel de
peligrosidad y, pese a ello, el sistema termina discutiendo su traslado hasta
allá, el problema deja de ser simplemente penitenciario. Es el viejo deporte
nacional de repartir responsabilidades entre instituciones hasta que finalmente
nadie es completamente responsable de nada.
Y mientras todo esto ocurría apareció,
como si faltara algo en el libreto, la política exterior.
El canciller Francisco Pérez Mackenna se
convirtió en el primer ministro de Relaciones Exteriores interpelado desde que
el mecanismo de interpelaciones fue incorporado constitucionalmente en 2005. La
jornada tuvo como interrogador al diputado socialista Nelson Venegas y terminó
produciendo bastante más material para la sobremesa política que para los
tratados de diplomacia.
Venegas llegó dispuesto a demostrar que
la diplomacia podía practicarse con la sutileza de una llave inglesa. Le
reprochó al ministro su preparación, cuestionó sus conocimientos geopolíticos y
finalmente le preguntó por qué no renunciaba.
Pérez Mackenna respondió:
“Porque usted no es el Presidente de la
República”.
Y durante algunos segundos el Congreso
dejó de parecer una institución republicana y adquirió la atmósfera de una
discusión de sobremesa en la que alguien, después de veinte minutos de
discurso, descubre que dejó servida la respuesta perfecta.
No corresponde determinar quién “ganó”
una interpelación parlamentaria; para eso están los partidarios de cada cual.
Lo indiscutible es que la primera interpelación de un canciller chileno desde
la creación del mecanismo terminó siendo recordada, al menos inicialmente, por
aquella frase. El oficialismo la celebró y la oposición consideró insuficientes
varias respuestas del ministro.
Pero la verdadera curiosidad vino por
otro lado.
Chile acaba de adherir al denominado Escudo
de las Américas, iniciativa de coordinación internacional promovida para
enfrentar al crimen organizado transnacional. El objetivo declarado
difícilmente puede ser objetado en abstracto: compartir inteligencia, mejorar
coordinación fronteriza, enfrentar al Tren de Aragua, al Cártel de Sinaloa, al
Jalisco Nueva Generación y a una larga colección de organizaciones que parecen
haber convertido el continente en una feria multinacional del delito. Chile se
incorporó formalmente el 22 de septiembre.
Hasta ahí, razonable.
Lo pintoresco aparece cuando nuestras
autoridades se apresuran a explicar que el gran Escudo de las Américas
no tendrá, en el caso chileno, componente militar alguno. Tanto el canciller
como el ministro Arrau han señalado expresamente que la adhesión no implica
operaciones de fuerzas militares extranjeras ni utilización de las Fuerzas
Armadas chilenas en ese marco.
Es decir: tenemos escudo, enemigos
transnacionales, soberanía que proteger, carteles con estructuras cuasi
militares y una coordinación hemisférica de seguridad… pero las Fuerzas Armadas
vienen sin pilas.
Una suerte de Fuerzas Armadas de
Ripley: magníficas en la vitrina institucional, impecables durante las
ceremonias y, llegado el momento de explicar cómo participa Chile en el nuevo
“escudo”, cuidadosamente guardadas en la caja.
Naturalmente, existen razones jurídicas
para distinguir seguridad pública, defensa nacional y funciones policiales. Eso
es perfectamente discutible dentro de una democracia. Pero hasta el nombre
produce cierta comicidad involuntaria: pocas veces se ha inventado un escudo
donde sea necesario aclarar inmediatamente que quienes profesionalmente manejan
los escudos más grandes no participan.
Nuestra política posee esa capacidad
única de bautizar las cosas antes de decidir exactamente qué significan.
Y hablando de nombres grandilocuentes,
esta semana también conocimos “Gobernar con Fe”, encuentro organizado
por Reforma Chile y apoyado por diputados republicanos, entre ellos Stephan
Schubert, Benjamín Lorca y José Antonio Kast Adriasola, destinado a reflexionar
sobre el papel de las convicciones cristianas en la actividad política.
La derecha chilena, aparentemente
insatisfecha con tener partidos políticos, think tanks, fundaciones, centros de
estudios y bancadas parlamentarias, ha decidido incorporar también el
consistorio.
Uno observa el programa y espera que en
cualquier momento aparezca Juan Calvino solicitando acreditación en la entrada
del ex Congreso.
La inspiración reformada es
perfectamente legítima y la presencia de la religión en la vida pública
constituye un asunto filosófico de enorme importancia. Pero existe una frontera
muy fina entre reconocer la dimensión religiosa de la sociedad y transformar la
política en competencia de beatitud.
Y nuestros republicanos parecen a veces
empeñados en explorar esa frontera con GPS.
Son insoportablemente beatos.
No basta con gobernar bien: hay que
gobernar con fe. No basta con discutir políticas públicas: aparentemente
conviene además acompañarlas de exégesis. Uno comienza preguntándose por la
relación entre cristianismo y Estado y corre el riesgo de terminar revisando el
presupuesto nacional según la Institución de la religión cristiana.
Si Calvino hubiese tenido bancada
parlamentaria probablemente habría pedido la palabra por Reglamento.
La paradoja se vuelve todavía más
interesante cuando, simultáneamente, Santiago celebró la gran procesión del
centenario de la coronación de la Virgen del Carmen como Reina de Chile.
La celebración fue solemne. Más de diez
mil personas acompañaron la imagen desde la Catedral Metropolitana hasta la
Plaza de la Ciudadanía. Hubo bandas, honores, autoridades y delegaciones
institucionales. La coronación original se había realizado el 19 de diciembre
de 1926, presidida por el nuncio apostólico Benedetto Aloisi Masella en
representación del Papa Pío XI.
Es una tradición hermosa y profundamente
chilena.
Precisamente por eso vale preguntarse si
comprendemos todavía el símbolo que llevamos sobre los hombros.
Porque una Virgen venerada
históricamente como amparo, madre, patrona y representación de justicia y
misericordia exige algo más que uniformes perfectamente planchados, discursos
ceremoniales y autoridades esperando frente a La Moneda.
Para quienes consideran injustos
determinados procesos judiciales seguidos contra militares ancianos por hechos
ocurridos décadas atrás, la escena produce una contradicción evidente; para
quienes defienden esos procesos como cumplimiento de obligaciones judiciales en
materia de derechos humanos, la interpretación será muy distinta. La procesión
no resuelve ese debate. Pero precisamente por ello resulta impropio reducir una
tradición religiosa de esa magnitud a decoración ceremonial del Estado.
La fe convertida exclusivamente en
protocolo termina siendo una forma particularmente elegante de no creer en
nada.
Y quizás ahí exista una diferencia
interesante con 1926. No porque Chile haya dejado simplemente de ser religioso
—eso sería una explicación demasiado fácil—, sino porque nuestra comunidad
parece haber perdido capacidad para compartir símbolos con un significado
común. Hoy tenemos símbolos de sobra; lo difícil es saber qué significan para
nosotros.
En mitad de semejante semana tampoco
podía faltar Europa.
Ursula von der Leyen continúa
promoviendo la cooperación de la Unión Europea con América Latina en materias
como comercio, minerales críticos y protección oceánica. Chile, además, figura
entre los países que se incorporaron a la alianza internacional vinculada a OceanEye,
iniciativa europea destinada a desarrollar capacidades de observación oceánica.
OceanEye.
Hasta nuestros océanos necesitan ahora
nombre de película de espionaje.
Que los países compartan información
científica para proteger los mares puede ser perfectamente razonable. Lo
fascinante es la capacidad contemporánea para envolver cualquier estructura
internacional en nombres que parecen concebidos por el departamento de
marketing de una película de James Bond.
Y respecto de Von der Leyen, tampoco es
necesario recurrir a calificativos grandilocuentes para encontrar material
político interesante.
Existe un libro particularmente crítico:
UrsulaGates: la compromission par les lobbys, de Frédéric Baldan. El
autor ha formulado graves acusaciones contra la presidenta de la Comisión
Europea relacionadas con el llamado SMSgate y las negociaciones
mantenidas durante la pandemia con el director ejecutivo de Pfizer, Albert
Bourla. Es importante precisar que esas acusaciones son precisamente eso:
acusaciones de Baldan, no sentencias que hayan declarado culpable a Von der
Leyen de corrupción.
Pero el problema de transparencia
subyacente no es imaginario.
El 14 de mayo de 2025, el Tribunal
General de la Unión Europea anuló la decisión mediante la cual la Comisión
Europea había rechazado entregar los mensajes intercambiados entre Von der
Leyen y Bourla, considerando insuficientes las explicaciones ofrecidas respecto
de su inexistencia o falta de posesión.
Y eso resulta bastante más incómodo que
cualquier adjetivo.
Porque la buena sátira política no
necesita inventar villanos cuando existen documentos judiciales.
Quizás alguien en el segundo piso de La
Moneda podría hojear el libro. No necesariamente para creer cada una de sus
conclusiones —leer no obliga a convertirse—, sino por el sencillo y
revolucionario ejercicio de conocer qué controversias acompañan a quienes
llegan rodeados de fotografías, declaraciones estratégicas, minerales críticos
y cooperación internacional.
Leer sigue teniendo esa molesta
costumbre de introducir contexto.
Así transcurre nuestra curiosa
República.
Un carabinero asesinado por un
delincuente que ya había conocido previamente al sistema penal. Un preso de
alta peligrosidad camino a una ciudad que pasó un siglo intentando olvidar su
origen como colonia penal. Una interpelación histórica que terminó proporcionando
una frase para los titulares. Un Escudo de las Américas en el que Chile
participa dejando fuera cualquier dimensión militar. Un grupo de parlamentarios
estudiando cómo gobernar con fe con un entusiasmo capaz de poner nervioso al
mismísimo Calvino. Una Virgen llevada solemnemente frente al poder civil
mientras seguimos discutiendo qué significa realmente justicia. Y Europa
apareciendo nuevamente con minerales críticos, observación oceánica y una
presidenta cuya relación con la transparencia documental ha debido llegar hasta
los tribunales.
Podrían parecer hechos inconexos.
Quizás precisamente allí está la
conexión.
No estamos ante una conspiración ni ante
un único gran acontecimiento. Estamos ante una miscelánea de pequeños
episodios que, puestos uno al lado del otro, describen una manera de ejercer el
poder: mucha ceremonia, abundante declaración, nombres grandiosos,
instituciones superpuestas y una extraña dificultad para que las palabras
coincidan exactamente con las cosas.
Tenemos escudos sin militares, cárceles
sin máxima seguridad para presos de máxima peligrosidad, cónclaves religiosos
en el Congreso, procesiones públicas en una sociedad que discute hasta el
significado de sus símbolos y mecanismos históricos de fiscalización que
terminan convertidos en clips de ocho segundos.
Chile no carece de instituciones.
A ratos lo que parece faltarnos es el
manual de instrucciones.
Y, considerando el entusiasmo nacional
por no leer, probablemente alguien ya lo perdió.
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